La violencia psicológica, mucho más difícil de detectar que el maltrato físico por razones obvias, presenta también una serie de indicadores que una mirada atenta e informada puede revelar.

En primer lugar, tenemos que tener claros los objetivos, más o menos inconscientes, del maltratador: manipular, controlar, hacer daño y asustar, someter y humillar, hacer sentir insegura e inadecuada a la mujer (mujer en la mayoría de los casos, aunque no siempre).

Para que podamos identificarlos como signos de alerta, tendremos que observarlos frecuente y reiteradamente, nunca de manera eventual y circunstancial.

Uno de los elementos a tener en cuenta es que en la comunicación del maltratador el componente del desprecio, debido al sentido de superioridad en el que se percibe, es constante. Este desprecio se manifiesta en la rabia y el disgusto con los que se dirige al maltratado, acompañados de los gestos faciales correspondientes (nariz encogida, elevación del labio superior, etc).

A nivel más verbal, hace uso de elementos como la ironía y el sarcasmo, la redirección de la culpa (siempre del maltratado), la burla, la ausencia de respuesta, el trato con suficiencia y el escarnio.

Evidentemente, también puede hacer uso de insultos, ofensas y demás humillaciones verbales, que resultan, como el maltrato físico, más visibles.

Muchas maltratadas suelen referir críticas gratuitas constantes, sin una clara motivación que las justifique, con el objetivo destructivo de hacerla sentir inadecuada, imperfecta, en deuda con el que comparte la vida con ella.

Hay que tener en cuenta que a menudo resulta complicado para el afectado distinguir el límite con la ofensa y el ataque. En primer lugar, porque el maltratador puede ser muy sutil, acompañando sus ataques aparentemente sanos con frases como “contigo no se puede bromear, todo te lo tomas mal”. En segundo lugar, porque la mujer tiende a asignarse la culpa de cada “malentendido”.

Por otro lado, la frecuencia constante e indiscriminada del ataque acaba por normalizarlo –decía Dowstovieski que una característica distintiva del hombre es que acaba por acostumbrarse a todo–, produciéndose lo que M. Bonsangüe (2015)  llama un proceso de sedimentación a un nivel inconsciente.

Como ya he comentado, el problema es que este tipo de comunicación es la única que establece el maltratador con su pareja, su uso es rígido y constante, y la frecuencia cada vez mayor.

A menudo una subida del volumen de la voz puede ser un indicador de una violencia física inminente, así como la rotura voluntaria de objetos personales de la mujer (o regalados por ella), que tienen el objetivo de intimidarla y amenazarla de una manera velada aún.

El trabajo terapéutico pretende ayudar a la víctima a reconocer todos estos signos, mientras comprueba en el trato con el terapeuta lo que es una comunicación sana y pacífica respecto a una destructiva. La comparación en el trato es importante, porque le permite salir de la “sedimentación” y normalización de las que hablábamos antes.

A menudo se debe tratar y canalizar también la rabia que comienza a aflorar en la víctima cuando se da cuenta del proceso perverso que ha permitido sobre sí.

La decisión de perpetuarlo o romper con él, como siempre, no es ya competencia del terapeuta.

 

Para saber más, leer el magnífico libro de Mónica Bonsangue "La violenza psicologica nella copia. Cosa c´e prima di un femminicidio", de la editorial Invictus.

Sobre el autor

Alicia García Aguiar Psicóloga colegiada M-25212, especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado (psicoterapeuta oficial) del CTS que dirige Giorgio Nardone. Responsable de Formación del Máster Oficial de Sevilla. Para más información sobre este enfoque de terapia visita mi blog "De Terapia Breve Estratégica" (www.detbe.com)

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