Una de las reestructuraciones que a menudo más llama la atención del paciente durante la terapia es la de los efectos nocivos de hablar y hablar para tratar de solucionar un problema. En el momento en que  se comprende que cuanto más se habla más se empeora el problema, exactamente igual que si echáramos un fertilizante a una planta, la expresión pasa a ser de estupefacción:¡ ¿Pero no se ha dicho siempre que hay que hablar los problemas para solucionarlos y liberarnos?!

Todos tenemos aceptada y asimilada esta especie de consigna fundamental: si hay un problema lo mejor es socializarlo hasta librarse de él.

Es la razón de que me haya encontrado casos verdaderamente aberrantes en la consulta, como el de una familia de una chica con anorexia, que llevaba años dedicando varias horas al día a hablar del problema con la afectada y el resto de miembros, sin conseguir jamás el más mínimo cambio en la situación. O el de una madre separada muy deprimida que llevaba meses volcando toda su desesperación en su hija, pese al temor a perjudicar y asfixiar su alegría adolescente.

Pero lo cierto es que tanto en el caso de la familia anoréxica como en el de la madre deprimida, el  problema no solo no se resolvía al hablarlo sino que efectivamente empeoraba. En el primer caso porque la familia solo conseguía convertirse en rehén de la anorexia, cada vez más asentada y justificada con cada nuevo coloquio, y en el segundo porque la depresión crecía y crecía con cada nuevo lamento desesperado, bajo el efecto de “el grito de alarma que alarma“.

La razón de este fracaso se debe al empleo de una lógica ordinaria lineal para tratar un problema bajo el que subyace un tipo de lógica no ordinaria, que por tanto no encaja con la anterior y que la perjudica y amplifica.

Un ejemplo de ello muy claro de este efecto perjudicial lo tenemos en el caso de los delirios paranoides. La solución intentada habitual de los familiares suele ser la de tratar de convencer al delirante de la locura de su discurso, con lo que no se consigue más que confirmar con más determinación su percepción irracional. Cuanto más se intenta emplear la lógica ordinaria lineal más se despierta la lógica no ordinaria que estructura el problema.

Solo un terapeuta conocedor de este tipo de lógicas no ordinarias (de la paradoja, la creencia y la contradicción) podrá aplicar un diálogo estratégico que encaje con ellas y que verdaderamente posibilite una modificación de la situación. Cualquier intento desde la racionalidad supondrá un fracaso.

Evidentemente, esto no quiere decir que hablar de un problema esté mal. Todo supone, como siempre, una cuestión de medida. Tendremos que aplicar en la cotidianeidad la misma regla que con cualquier otra solución intentada que alimente un problema: “si insisto y el problema no mejora, es que debo dejar de insistir en lugar de insistir más y mejor“.

A menudo los cambios que se consiguen tras abandonar esta insistencia son rápidos y sorprendentes, porque provocan la aparición de alternativas nunca contempladas que inmediatamente desbloquean la situación.

En otros casos, deberán incluso aplicarse técnicas específicas para ayudar a eliminar la solución intentada de hablar y socializar el dolor, como en aquellos en los que la insistencia se ha convertido  ya en verdadera compulsión.

A veces para continuar evolucionando no tenemos más remedio que desaprender lo aprendido y dar un paso atrás para lograr saltar hacia adelante.

Es lo que trata de expresar Hemingway con genial humor:

“Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar

Sobre el autor

Alicia García Aguiar

Psicóloga colegiada M-25212, especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado (psicoterapeuta oficial) del CTS que dirige Giorgio Nardone. Responsable de Formación del Máster Oficial de Sevilla. Para más información sobre este enfoque de terapia visita mi blog "De Terapia Breve Estratégica" (www.detbe.com)
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