Como señala Hugo Ojetti, “quien describe su propio dolor, aunque llore, está a punto de consolarse“, y esto es así porque la única forma de superar un dolor es pasando por en medio de él. Pero a diferencia de lo que sucede cuando comunicamos de forma oral ese dolor, con lo que no conseguimos más que amplificarlo y perpetuarlo, la expresión del dolor por escrito tiene sin embargo un efecto canalizador: hace discurrir el flujo emocional y lo deja en el papel, al sacar fuera emociones y sensaciones que de otro modo permanecerían latentes en su interior  “resonando”.

Escribir permite además expresar sin incurrir en el riesgo de expectativas de respuesta de los demás. El feedback reenviado por los que escuchan vuelve a poner inevitablemente en movimiento el doloroso círculo vicioso, y esto es algo que se anula como posibilidad si la narración es escrita.

De hecho, estudios independientes sobre la memoria señalan que cuando una persona está influida negativamente por un trauma, las informaciones sobre el suceso quedan almacenadas en la memoria motriz (o de los sistemas corpóreos) más que en la narrativa, y la persona mantiene las emociones negativas y las sensaciones físicas del acontecimiento original. Es decir, el recuerdo de hechos que traumatizan activa las zonas del cerebro antepuestas a la visión y a las emociones, mientras que los centros del lenguaje y de la expresión parecen desactivados. Es como si los recuerdos del trauma permanecieran bloqueados, “encajados” dentro del sistema nervioso (van der Kolk, 1994; Rothschild, 2000). Sin embargo, cuando se elaboran, las informaciones pueden transferirse a la memoria narrativa  y las sensaciones corpóreas y los sentimientos negativos asociados desaparecen (Federica Cagnoni, Roberta Milanese, 2010).

Repetir diariamente la narración activa, además, el proceso que Piaget llamaba “habituación“, que permite acostumbrarse al recuerdo y lo hace soportable. “La costumbre hace soportable incluso las cosas más espantosas“, escribió Esopo. Buscar voluntariamente por escrito los recuerdos y las sensaciones más dolorosas permiritá finalmente vivirlas como algo gestionable que ya no se padece.

Para todo este proceso es necesario que la escritura se realice a mano (no a ordenador o máquina), puesto que el movimiento circular de la mano al escribir facilita el flujo emocional sobre el papel. Este aumento de la fluidez es la razón por la que la mayoría de los escritores prefieren escribir a mano y la razón de que recurran a ella cuando sobre el teclado del ordenador se sienten bloqueados y poco creativos.

Además, según indica Virgilio Hernando Requejo, neurólogo del Hospital Madrid-Norte Sanchinarro, “la representación que tiene la mano en la corteza cerebral es enorme, por tanto, al escribir con bolígrafo utilizamos mucho más el cerebro que cuando usamos el teclado del ordenador”. De esta manera, todos los sistemas cerebrales se potencian y se involucran activamente en el proceso final de habituación.

Como ha explicado Jean-Luc Velay, “la escritura a mano implica una actividad neuronal más intensa, ya que cuando alguien escribe obliga al cerebro a enfocarse en lo que desea y a crear imágenes mentales. Eso le ayuda a familiarizarse con lo que se desea y en consecuencia a lograrlo”.

Escribir el dolor supone todo un ritual de paso de superación, pero la tarea de poner por escrito el propio dolor es una medicina amarga. Muchos pacientes rechazan revivir por escrito lo padecido, pese a entender lo terapéutico del recurso (el dolor con más dolor se quita). Para que el paciente esté dispuesto a aceptar una medida tan dolorosa, contraria al sentido común y a lo que está haciendo hasta el momento, es indispensable que el terapeuta haya creado una óptima relación desde la primera sesión y utilice una comunicación sugestivo-hipnótica al dar la prescripción. No podemos olvidar que, como avisa el dicho oriental, “quien huye  (del dolor) se lleva detrás a su peor enemigo: él mismo“.

 

 

Lee más sobre este tema en “Cambiar el pasado” de Roberta Milanese y Federica Cagnoni (Editorial Herder).

Sobre el autor

Alicia García Aguiar

Psicóloga colegiada M-25212, especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado (psicoterapeuta oficial) del CTS que dirige Giorgio Nardone. Responsable de Formación del Máster Oficial de Sevilla. Para más información sobre este enfoque de terapia visita mi blog "De Terapia Breve Estratégica" (www.detbe.com)
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