La persona afectada por la hipocondría vive preocupada constantemente por su salud.  Aterrorizada por la posibilidad de padecer alguna enfermedad, trata de controlarla y pone en marcha una serie de rituales que solo consiguen empeorar la situación, hasta el punto de que el miedo y la sospecha de padecer una enfermedad se convierten en la certeza angustiosa de estar sometidos a una verdadera condena, de la que no cabe escapatoria posible.

Todo comienza tras la experiencia de una enfermedad real, padecida por la propia persona o por una persona cercana y querida. También puede desarrollarse la hipocondría tras haber leído noticias en la prensa, radio o televisión sobre síntomas de alguna temida enfermedad. A partir de este momento el individuo hipocondríaco comienza a observarse y vigilarse obsesivamente en busca de todos los posibles síntomas físicos indicadores de alguna dolencia. Esta primera “solución intentada” comienza a empeorar el problema, puesto que “el que busca encuentra“. Es decir,  auto chequearse obsesivamente provoca el descubrimiento de síntomas, que al mismo tiempo aumentan aún más la vigilancia y los consiguientes hallazgos alarmantes que conducen al pánico.

A partir de este momento el hipocondríaco recurrirá a otra serie de soluciones habituales, que se van convirtiendo en compulsivas por la necesidad acuciante de control de la situación: la demanda de asistencia médica (análisis, pruebas, etc) y la búsqueda de información especializada, sobre todo en internet. Ninguna de las dos le resulta suficiente ni tranquilizadora. Aunque el diagnóstico médico resulte positivo e incluso aliviante en un primer momento, la sensación de padecimiento de algún “mal oscuro” difícilmente diagnosticable (por sus propias características indetectables o por propia incapacidad profesional del médico que le ha atendido) acaba por sustituir al alivio anterior. La sospecha finalmente aumenta y la depresión se instala: “algo tengo, lo sé“.  La búsqueda constante en internet por su parte solo consigue aumentar la alarma y el autodiagnóstico, siempre catastrófico. El fracaso de estas tentativas de solución alimenta, a veces hasta el paroxismo, la sensación y la convicción de estar enfermos “Quien teme padecer padece ya lo que teme“, insiste el dicho.

También el patofóbico vive los mismos padecimientos. A diferencia del hipocondríaco, la causa de su temor suelen ser síndromes fulminantes (los ataques al corazón, aneurismas, ictus, etc), mientras que los hipocondríacos sienten más fijación por patologías de progresión lenta, como los tumores y enfermedades degenerativas.

Ambos recurren a las mismas soluciones intentadas nefastas ya mencionadas, que el terapeuta deberá desactivar con técnicas hechas a propósito a partir de su sistema perceptivo-reactivo circular, consistente en que cuanto más intenta controlar más descontrola su miedo. Porque la finalidad será la de dejar de alimentar el problema, además  de lograr un cambio en la interpretación siempre alarmante de cada señal del cuerpo, de tal manera que el paciente pase a percibirlas con tranquilidad y normalidad .

De esta forma,  la muerte abandonará el momento presente  “la muerte en vida” típica de quien padece esta patología, permitiendo la sensación de control y la consiguiente recuperación de la tranquilidad.

Al fin y al cabo, en palabras de Pascal:

“Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella que soportar su pensamiento sin morir” 

 

 

Lee más sobre la hipocondría en los libros “Psicotrampas”  y “Miedo, pánico, fobias” de Giorgio Nardone.

 

 

 

 

Sobre el autor

Alicia García Aguiar Psicóloga colegiada M-25212, especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado (psicoterapeuta oficial) del CTS que dirige Giorgio Nardone. Responsable de Formación del Máster Oficial de Sevilla. Para más información sobre este enfoque de terapia visita mi blog "De Terapia Breve Estratégica" (www.detbe.com)

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