EL PROBLEMA DE LOS DIAGNÓSTICOS Y ETIQUETAMIENTOS PATOLÓGICOS EN LOS NIÑOS

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En los últimos tiempos se ha extendido un tipo de intervención que recurre a los test psicológicos con el fin de obtener un diagnóstico. Muchos clínicos consideran estos instrumentos indispensables para identificar el tipo de problema y estructurar la intervención terapéutica. Por desgracia, los efectos colaterales de los test y de los diagnósticos pesan más que los resultados perseguidos. Veamos si podemos comprender el porqué, al tiempo que describo el mecanismo de las llamadas profecías que terminan por cumplirse.

En el libro “Pygmalión en clase” de 1972, el psicólogo Robert Rosenthal presenta los resultados de un experimento llevado a cabo en la Oak School de Los Altos, en California. En esta escuela primaria se difundió una profecía entre los maestros. Se comunicó a las dieciocho maestras que 650 alumnos habían sido sometidos a un test de inteligencia con el fin de identificar a aquellos que durante el año académico harían rápidos progresos y rendirían por encima de la media. Tras realizar las pruebas se les proporcionó a las maestras la lista de los alumnos más dotados. Los nombres que los investigadores les facilitaron eran totalmente arbitrarios. No había, por consiguiente, diferencia alguna entre los alumnos señalados y los demás niños, aunque sí la había en la opinión de los docentes, sugestionados con los resultados de la presunta prueba. Al concluir el año académico sí se verificó una mejoría en el rendimiento de los alumnos que habían sido señalados por los investigadores. Los informes de las maestras los destacaban como aquellos niños que se habían distinguido positivamente de sus compañeros tanto por su comportamiento como por su curiosidad intelectual.

El experimento de Rosental, hoy ya histórico, es un claro ejemplo de los poderosos efectos de las expectativas, de los prejuicios, de los deseos y de todas las construcciones mentales, a menudo sin relación alguna con la realidad, que se dan en las relaciones interpersonales.

Del mismo modo, una vez que, a través de un diagnóstico, metemos a un individuo en una categoría patológica determinada, tendemos a buscar en él las características y los comportamientos que pueden atribuírsele. Partiendo de esta base ponemos en marcha una serie de señales comunicativas especiales que el otro registra y que lo llevan a comportarse como corresponde al diagnóstico. Nosotros, por nuestra parte, interpretamos sus adecuaciones como la confirmación de nuestra teoría.

Los diagnósticos psicológicos influyen tanto en la persona diagnosticada como en los demás y actúan igual que una profecía que se cumple, es decir, como una suposición que, por el único motivo de haber sido expresada, hace que el hecho presunto, esperado o predicho, se haga realidad, confirmando, de este modo, su propia veracidad. Así, por ejemplo, quien supone que los demás lo desprecian, asume un comportamiento enojadizo, inconsciente y receloso, con lo que suscita en los demás precisamente esa frialdad que, a su vez, se convertirá en la prueba del fundamento de su convicción.

Otro estudio interesante es el ensayo de David L. Rosenhan, publicado en 1981, donde informa de un interesante experimento. Ocho personas sanas y con características distintas unas de otras (un estudiante de psicología, dos amas de casa, dos psicólogos y tres psiquiatras) fueron ingresadas en varios hospitales psiquiátricos. Tras haber concertado una cita con el hospital por teléfono, los pseudopacientes se habían presentado en la oficina de ingresos afirmando que oían voces. Durante la conversación con los médicos exponían los acontecimientos significativos de su historia personal tal como eran en realidad, es decir, sin presencia de patología alguna.

Inmediatamente después de haber sido ingresados, los “infiltrados” dejaron de simular todo síntoma de anomalía, aparte de algún ligero y natural estado de ansiedad y de nerviosismo, justificado por la novedad del entorno. A las preguntas del personal sobre su propio estado de salud respondían que se encontraban bien, seguían escrupulosamente las prescripciones médicas, tomaban las medicinas (sin ingerirlas) y se comportaban tal como indicaba el personal de la unidad. Mataban el tiempo escribiendo observaciones acerca de la vida en el hospital, sobre el personal y los demás pacientes. A pesar de ello, los pseudopacientes, que el personal médico había etiquetado de enfermos, permanecieron largo tiempo en el hospital antes de ser dados de alta.

En los problemas de comportamiento de niños y adolescentes poner etiquetas es una constante que obstaculiza la evolución natural y los estadios espontáneos de los cambios. Una vez se ha llegado a la conclusión de que un niño es hiperactivo o provocador o violento, aquellos con quienes se relaciona tienden a sobreestimar los comportamientos que forman parte de dicha categoría y a subestimar los que son ajenos a la misma. Se considerará siempre al individuo como un provocador, incluso cuando no lo sea.

Muchos padres ignoran hasta qué punto sus hijos son sensibles a lo que piensen de ellos, lo que esperan de ellos. El modo en que un padre percibe a su hijo, las características que le atribuye, los defectos y virtudes que ve en él, influencia en sus interacciones, transmitiendo al niño (a menudo implícitamente, y a través del lenguaje no verbal) mensajes de tipo: “yo te veo así”. 

Cuando a un niño se le atribuyen características negativas (“no vale para estudiar”, “es poco atento”, “tiene dificultades de concentración”, “no se defiende de los demás”, “hay algo extraño que no encaja en su comportamiento”) todos a su alrededor modifican gradualmente su propio comportamiento en línea con la expectativa definida en la etiqueta. Entonces la profecía se hace realidad, pero por desgracia para el chico, de manera diferente a como sucedía en el experimento de Roshental: a partir de una expectativa patógena, una dificultad inicial puede transformarse en una terrible realidad patológica. Como Hobbes escribió, “la profecía es muchas veces la causa principal de los eventos predichos

Por todo esto la intervención en el área infantil en este modelo de terapia se basa en un supuesto fundamental: evitamos tratar directamente a los niños. Cuando un niño acude a terapia le estamos comunicando que hay algo en ellos que no funciona. Éste es el punto de partida de la profecía patológica en la que los niños y sus padres empiezan a creer, y de una serie de comportamientos acordes a ella, hasta hacerla cumplida y real.

Por lo tanto, cuando tratamos con niños con problemas de conducta preferimos intervenir de un modo indirecto guiando a los padres y a veces incluso a los maestros a que pongan en acción ciertas maniobras específicamente ideadas para romper los modelos de conducta problemática que mantienen la situación.

Infórmate en :

Conocer a traves del cambio, Nardone y Portelli. Herder.

Aiutare i genitori ad aiutare i figli, Nardone. Ponte alle Grazie

Cuando el amor no basta, Fiorenza. Planeta.

About the author

Alicia García Aguiar Psicóloga colegiada M-25212, especialista en Terapia Breve Estratégica y miembro afiliado (psicoterapeuta oficial) del CTS que dirige Giorgio Nardone, creador del modelo. Para más información sobre este enfoque de terapia visita mi blog "De Terapia Breve Estratégica" (www.detbe.com)

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