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DELEGACIÓN: LA AYUDA QUE DAÑA

 

Ofrecer nuestra ayuda a una persona en apuros es un acto realmente noble y útil, pero volcarse para alejar cualquier obstáculo de un hijo o de una hija, por ejemplo, significa impedirles que desarrollen la confianza en sus propios recursos personales. Ayudarlos a estudiar bien, enseñándoles cómo proceder y verificando el aprendizaje, es una manera óptima de mejorar las competencias escolares de un chico, pero sustituir al estudiante realizando los deberes en su lugar para protegerlo de resultados académicos humillantes en realidad lo volverá incapaz y apático.

Pedir ayuda cuando se tienen dificultades es un acto de humildad; equivale a admitir nuestras limitaciones y nos permite aprender a superarlas. Sin embargo, pretender que alguien nos sustituya confirma y refuerza nuestra incapacidad. Que el protector de turno nos salve nos dará seguridad pero a la vez alimentará nuestra sensación de inseguridad.

Los ejemplos de ayuda que se transforma en daño son muchísimos y hacen referencia a todos los casos en los que se pide ayuda y se delega en el otro para que haga aquello que deberíamos hacer nosotros en primera persona, o cuando se ofrece ayuda sustituyendo a la persona que debería actuar. Por lo tanto, esta psicotrampa se puede observar en cualquier relación: en el trato sobreprotector de los padres hacia los hijos, en el asistencialismo social excesivo, en la protección ofrecida al débil en lugar de estimularlo para que supere sus propias limitaciones y en la continua delegación en los demás de aquello que se teme afrontar.

Además, no hay que menospreciar el hecho de que la relación entre el que ayuda y el que es ayudado tiende a crear una complementariedad enfermiza: el protector se siente reafirmado e importante por parte del protegido, quien a su vez se siente amado y salvado. Esta forma de complementariedad relacional, como se observa en muchas formas de psicopatología, a veces se estructura de un modo tan rígido que se convierte en una trampa perjudicial para los dos implicados.

Ayudar y ser ayudado se convierte en algo dañino cada vez que al sujeto se le limita la posibilidad de desarrollar su autonomía e independencia, prerrogativas esenciales para un individuo capaz y responsable. Se trata de conquistas, no de dones recibidos. Por tanto, cada uno debe construir estas conquistas a través de su experiencia personal, afrontando las dificultades que las vida nos tiende desde la infancia hasta la edad adulta y desarrollando la confianza en nuestros propios recursos y capacidades.

Por tanto, es imprescindible tener siempre en mente la máxima “enseñar a pescar en lugar de regalar unos peces“: si quieres ayudar de forma eficaz a alguien que tiene dificultades enséñale cómo lograrlo por sí mismo.

Cuando no consigamos enfrentarnos a algo o a alguien pidamos ayuda para aprender a hacerlo en lugar de delegar en los demás aquello que no sabemos.

(Para saber más de esta y otras psicotrampas lee el libro “Psicotrampas” de Giorgio Nardone)